El viernes volví. Por fin, después de 5 años deseándolo. Y sentí una sensación agridulce. Mis lágrimas no pudieron contenerse y cayeron, lentamente. Deseé con todas mis fuerzas que el tiempo se detuviera. Que no tuviera que volverme. Eché la vista atrás y recordé todo lo que habíamos vivido. Quería que se repitiera, segundo a segundo. Pero no pudo ser. Porque las cosas pasan una vez en la vida, y es nuestro deber aprovecharlas al debido tiempo para no arrepentirse. Yo no me arrepiento de nada, sólo de no haber vuelto antes. A pesar de todo, pasé los mejores tres días que podría haber pasado. Gracias a la compañía que tuve, dos de mis pilares más importantes. Y allí seguía la ciudad de nuestros sueños, como si no hubiera pasado el tiempo, impasible, mirándonos como una vez nos miró. Y me desafió. Me decía en voz bajita “sé que me has echado de menos”. Y yo asentía sin parar. Estuvimos en todos los lugares en los que una vez estuvimos. Viviendo los recuerdos como si fueran de ayer. Los disfruté como una vez lo hice. Entendí que mi corazón le pertenecía y no me quedó más que asumirlo y regresar con la pena más grande que jamás he sentido. Y sigo teniendo esa pena dentro. No consigo entender por qué. Es como si quisiera volver y quedarme aún siendo consciente de que nunca volvería a ser igual. Podría ser mejor, pienso a veces. O podría ser peor y destruir para siempre el inmejorable recuerdo que tengo. ¿Y qué debo hacer? ¿Si cada vez que pienso en volver me da un vuelco el corazón? Supongo que alimentarme y vivir del mejor recuerdo que se puede tener en la vida. El recuerdo de la época y el lugar en el que fui completamente feliz. Y aprender a vivir con ello, por muy difícil que me parezca ahora.
Muchas veces pienso que no estoy hecha para vivir en el mismo lugar el resto de mi vida. Que tengo espíritu nómada. Que cada cierto tiempo necesito recoger mis cosas en una maleta y marcharme. Que llevo toda la vida quejándome de las veces que he empaquetado mis cosas y me he ido, pero que en
realidad es lo que me gusta. Que las llegadas y las despedidas me dan la vida. Y es cierto. Porque ahora estoy muy desorientada. Parte de mi corazón está en todos esos lugares en los que he vivido: Sheffield, Woolacombe, Gante, Vic, Barcelona y, como no, Bilbao. En cada uno de ellos he dejado una montoncito de recuerdos, sensaciones intensas que al recordarlos hacen que mi vida sea algo más agradable. Pero quiero que esta lista crezca. Necesito que esta lista crezca. Es lo que alimenta mi espíritu. En estos momentos no sé no cuando ni cómo, pero estoy segura de que algún día escribiré en este blog desde otro punto del planeta. Sólo espero que estéis ahí para leerme.
Comentarios